 Manifestación en Seattle (Estados Unidos)
contra la cumbre de la Organización Mundial del Comercio, en diciembre de
1999.
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La forma más
rápida de acabar una guerra es perderla.
George Orwell, escritor británico (1903-1950)
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Manifiesto 2000
Un grupo de Premios Nobel de
la Paz creó el Manifiesto 2000 por una cultura de paz y de no
violencia. El objetivo es reunir cien millones de firmas cuando se
celebre la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre
2000.
Reconociendo mi parte de responsabilidad ante el
futuro de la humanidad, especialmente de los niños de hoy y de
mañana, me comprometo en mi vida diaria, en mi familia, mi trabajo,
mi comunidad, mi país y mi región a: - respetar la vida y la
dignidad de cada persona, sin discriminación ni prejuicios; -
practicar la no violencia activa, rechazando la violencia en todas
sus formas: física, sexual, psicológica, económica y social, en
particular hacia los más débiles y vulnerables, como los niños y los
adolescentes; - compartir mi tiempo y mis recursos materiales
cultivando la generosidad a fin de terminar con la exclusión, la
injusticia y la opresión política y económica; - defender la
libertad de expresión y la diversidad cultural privilegiando siempre
la escucha y el diálogo, sin ceder al fanatismo, ni a la
maledicencia y el rechazo del prójimo; - promover un consumo
responsable y una forma de desarrollo que tenga en cuenta la
importancia de todas las formas de vida y el equilibrio de los
recursos naturales del planeta; - contribuir al desarrollo de mi
comunidad, propiciando la plena participación de las mujeres y el
respeto de los principios democráticos, con el fin de crear juntos
nuevas formas de solidaridad. Firmar de preferencia en el sitio
www.unesco.org/ manifiesto2000 o enviar firmado a: Año
Internacional de la Cultura de Paz, UNESCO, 7 Place de Fontenoy,
F-75732 París 07 SP Francia.
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Cada uno puede
ayudar a construir una cultura de la paz y de la no violencia
viviendo cada instante con alegría y gratitud, con la conciencia
íntima de que nuestra vida, la vida de todos los seres y la
creación son sagradas.
Mairead Corrigan Maguire, Premio Nobel de la Paz 1976,
pacifista de Irlanda del Norte (1944)
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Frente a una violencia generalizada o difusa, participar en
proyectos al alcance de todos es la clave de una cultura de paz que se
construye día a día.
Desde siempre, la paz
–entendida a la vez como paz entre la naciones y como paz civil– ha
descansado únicamente en el juego, tanto de oposición como de
convergencia, entre la justicia y la fuerza. Hace más de tres siglos, el
filósofo francés Blaise Pascal afirmaba: “No pudiendo lograrse que sea
fuerza obedecer a la justicia, se ha hecho que sea justo obedecer a la
fuerza; al no poder fortalecer la justicia, se ha justificado la fuerza, a
fin de que la justicia y la fuerza estuviesen unidas, y que se instaurara
la paz, que es el bien soberano.” La historia demuestra que la paz era y
sigue siendo un asunto de Estado y de Estados, que se basa en el empleo de
la fuerza –es decir, en última instancia, en el recurso a la guerra–, y
que esa fuerza es legitimada por concepciones muy variadas y a veces
contradictorias de la justicia. Sin embargo, en nuestra época la guerra
ha cambiado de naturaleza: las más de las veces adopta la forma de
conflictos no entre Estados sino dentro de las fronteras de un mismo
Estado. Son hoy día tan numerosos que jamás en el planeta se habían
producido simultáneamente tantas guerras, tan a menudo olvidadas. Por lo
demás, sin llegar siempre hasta el enfrentamiento de grupos armados, la
violencia sigue imperando en todas la s sociedades sin excepción. Adopta
múltiples formas, admitidas hasta el punto de convertirse en la norma. La
acentuación de las desigualdades, y de las exclusiones que estas últimas
engendran, es el más patente de sus síntomas. Por último, las sociedades
desgarradas por un conflicto fratricida o por la violencia, que hacen
tambalear su propia cohesión, son también sociedades cuyos mecanismos de
regulación –las instancias donde deberían resolverse los conflictos– están
paralizados o desvirtuados. Podríamos detenernos en esa constatación y
pronosticar, como hacen algunos, un futuro brillante a la guerra y a la
violencia. Pero es precisamente esa triple evolución –el cambio de
naturaleza de la guerra, la multiplicación de una violencia proteiforme,
el debilitamiento de los mecanismos habituales de mediación y de
arbitraje, exacerbado por la mundialización y la revolución de los
conocimientos– la que crea un espacio para que surja una cultura de paz. Y
su pilar no es ya el Estado, sino el individuo, es decir cada uno de
nosotros. En efecto, ¿dónde reanudar el camino de la paz si no es en su
punto de partida: en nosotros mismos, nuestros valores, comportamientos y
actitudes, que configuran una convivencia actualmente en peligro? ¿Dónde
encontrar los resortes de la paz si no en nuestros actos cotidianos de
escucha del otro, de diálogo y de solidaridad? Esta actitud no se
estrella con más fronteras que las que creamos nosotros mismos por
ignorancia, por fanatismo, o debido a un egoísmo que hoy día con
frecuencia se nos quiere presentar como la principal característica de la
naturaleza humana. Esta actitud no se contenta con un mero impulso, una
reflexión precipitada o un gesto aislado de solidaridad. Escuchar al otro,
dialogar con él y ser solidario son gestos que contribuyen a la paz si
asumimos una responsabilidad compartida. Por consiguiente, el reto de la
cultura de paz consiste en compartir proyectos que construyen la paz
diariamente en todos los ámbitos de la vida social en los que estamos
presentes.
La paz como porvenir
común Sin
duda este mensaje viene de lejos. La cultura de paz es una trama que se ha
ido tejiendo durante generaciones en todas las sociedades, donde se la
practica sin necesidad de referirse a ella explícitamente. Aquí, tiene por
nombre tolerancia, no violencia o justicia, allí, armonía, solidaridad o
convivencia cordial. Tiene, en todas las latitudes, sus heraldos, sus
defensores y sus promotores que son reconocidos públicamente. Pero hoy
tendría una proyección mucho menor si no se construyera, en el más
elocuente de los anonimatos, por los actos desinteresados de miles de
mujeres y hombres que saben escuchar, dialogar y actuar a tiempo por el
otro y con el otro. El concepto de cultura de paz, qué duda cabe, no surge
de la nada. Pero poder recurrir en lo sucesivo a una expresión única para
calificar esas innumerables iniciativas de carácter ético y esa infinidad
de compromisos prácticos ayudará tal vez a definir su significado común, a
hacerlas más visibles, a precipitar su convergencia, en suma a vincularlas
mejor en las mentes y en los hechos para multiplicar su impacto más allá
de su prodigiosa diversidad y de su inmensa dispersión. Y si el conjunto
de los Estados reconocen actualmente la proyección de la cultura de paz
–por unanimidad, el 20 de noviembre de 1997, la Asamblea General de las
Naciones Unidas proclamó el año 2000 como Año Internacional de la Cultura
de Paz–, ello se debe a que empiezan a reconocer sus limitaciones y la
necesidad urgente de una concepción de la paz como un proceso común al que
puedan contribuir tanto los grandes actores como el más modesto individuo.
La cultura de paz será entonces un horizonte más allá de tratados y
acuerdos tan a menudo vapuleados por la Historia. Y no será letra muerta
ni será traicionada si hacemos de ella nuestro propio horizonte, forjando
un porvenir común con la palabra y el acto. Por último, que la
UNESCO sea cuna de la cultura de paz
es algo que está inscrito en su partida de nacimiento. “Puesto que las
guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres
donde deben erigirse los baluartes de la paz”, postula desde el comienzo
su Constitución. Afirma también, un poco más adelante, “que una paz
fundada exclusivamente en acuerdos políticos y económicos entre gobiernos
no podrá obtener el apoyo unánime, sincero y perdurable de los pueblos, y
que, por consiguiente, esa paz debe basarse en la solidaridad intelectual
y moral de la humanidad”. Archiblad MacLeish, el poeta estadounidense
que fuera uno de los principales redactores de esa Constitución, se
dirigió en los siguientes términos a la primera Conferencia General de la
UNESCO, en 1946: “La paz a la que se
refiere la Convención es un devenir y una manera de ser que supone la
confianza recíproca, la armonía de intenciones y la coordinación de
actividades humanas que permitan a los hombres y las mujeres libres vivir
una existencia aceptable... Es una lucha activa librada contra la
guerra.”
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