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Sin lugar a dudas, Eugenio María
de Hostos fue un “peregrino del ideal” como tantas
veces se le ha llamado. Su vida transcurre en la mayor parte de
las repúblicas iberoamericanas así como en España,
Francia y Estados Unidos. Cabe señalar que en cada una
de esas naciones imprimió su huella al realizar actividades
literarias y políticas en pos de su “idea dominante”:
la consecución de la independencia de las últimas
posesiones ultramarinas españolas, Puerto Rico y Cuba.
Más aún, su vida fue un “vivir peregrinante
en confesión” como acertadamente la ha catalogado
el historiador de las letras puertorriqueñas Francisco
Manrique Cabrera.
En su obra, que cubre casi todas las ramas del saber humano,
se puede observar, como una constante, ese ideal que he señalado.
El propio Hostos es consciente de ello cuando apunta en su diario:
“Yo que me he ufanado de las derrotas que he sufrido en
mi vida, pues una vida no es fuerte sino cuando se ha consagrado
a conquistar su ideal por sencillo que sea.” No obstante,
tal vez sean más reveladoras sus expresiones al respecto
cuando en uno de sus escritos más celebrados, “En
la tumba de Segundo Ruiz Belvis”, consigna:
Estoy solo con mi idea dominante. Ella es la que me sostiene en
mis postraciones, la que me empuja hacia delante, la que apaga
en su fuego inextinguible mis lágrimas secretas, la que
me hace superior a la soledad, a la tristeza, a la pobreza, a
las calumnias, a las emulaciones, al desdén y al olvido
de los míos, al rencor y a los insultos de nuestros enemigos.
Ella es mi patria, mi familia, mi desposada, mi único amigo,
mi único auxiliar, mi único amparo, mi fe, mi esperanza,
mi amor, mi fortaleza. Ella es la que me señala en Puerto
Rico mi deber; la que me indica en Cuba mi estímulo, la
que me muestra la gran patria del porvenir en toda la América
Latina… (Obras Completas, XIV, 7, énfasis mío).
Eugenio María de Hostos nació el 11 de enero de
1839 en el barrio Río Cañas de Mayagüez, ciudad
ubicada en la costa suroeste de Puerto Rico. Realizó sus
estudios primarios en el Liceo de San Juan de esa ciudad. Posteriormente,
en 1852, es enviado por sus padres a Bilbao, España, en
cuyo Instituto de Segunda Enseñanza obtuvo el bachillerato.
Luego se traslada a Madrid (1858) e ingresa a la Universidad Central
–hoy Complutense- en donde se matricula en las facultades
de Derecho y Filosofía y Letras. Allí tendrá
como uno de sus más queridos profesores a don Julián
Sanz del Río, ilustre filósofo que introduce y promueve
el krausismo en España. Sus compañeros serán
los que eventualmente descollaran como los máximos dirigentes
intelectuales y políticos de la España decimonónica.
Sobre esta etapa de la vida de Hostos recuerda su más importante
biógrafo:
Eugenio María de Hostos, compañero y amigo de aquella
brillante juventud española que contaba entre sus hijos
más preclaros a Giner de los Ríos, Salmerón,
Azcárate, Castelar, Pi y Margall, Ruiz Zorrilla, Valera,
Leopoldo Alas, etcétera, sostuvo con tesonero entusiasmo
las ideas liberales de esa época, y con su pluma y su palabra
ayudó eficazmente al triunfo de los principios republicanos.
(Pedreira, Hostos, ciudadano de América, 8)
Sin embargo, Hostos no concluye su carrera, puesto que, como él
mismo confiesa, se desilusiona con los métodos pedagógicos
de la época (se ha señalado también que no
terminó sus estudios universitarios por no querer recibir
un título de un gobierno monárquico); época
de desasosiego político y social que desembocará
en el derrocamiento de la reina Isabel II. Hostos aprovecha ese
suceso para, junto a otros compatriotas, luchar en la prensa y
en el Ateneo de Madrid por la autonomía política
y la liberación de los esclavos de Puerto Rico y Cuba y
por la instauración de la República en España.
El prócer puertorriqueño colabora con numerosos
artículos en periódicos catalanes y madrileños,
además de escribir su primera obra, La peregrinación
de Bayoán (1863). Sugestiva novela romántica de
fondo socio-político en la que se perfila al futuro combatiente.
A partir de entonces, Hostos, se da a conocer por su gran liderazgo
y potencia intelectual. El filósofo caribeño había
decidido participar en la campaña republicana española
porque había acordado con los dirigentes políticos
peninsulares que una vez se estableciera ésta se le otorgaría
la autonomía a Puerto Rico y Cuba. Sin embargo, cuando
por fin triunfa la causa republicana las promesas no se cumplen,
aunque se le ofrece la gobernación de Barcelona. Hostos
comprende que en esas tierras no lograría su anhelado sueño
y decide salir de España.
En 1869 se marcha a París con el firme propósito
de consagrarse a luchar por el bien económico, político,
social y, sobre todo, educativo de la América Latina. Esa
será su meta por el resto de su vida, no obstante sobresalir
brillantemente como pensador, escritor, educador y sociólogo.
Facetas que se pueden apreciar en obras tales como: Moral social,
Lecciones de derecho constitucional, Tratado de lógica,
Geografía evolutiva y Tratado de sociología.
Hostos inicia en Nueva York (1870) su propaganda por la emancipación
de Puerto Rico y Cuba, y por la unión y progreso latinoamericano.
“Odisea”, según el decir de Pedreira, que lo
lleva desde España a París, Nueva York, Colombia,
Panamá, Perú, Chile, Argentina, Brasil, Venezuela,
Saint Thomas, República Dominicana, Cuba y Puerto Rico.
El sentir patriótico de Hostos por la América nuestra
lo visualiza Pedreira de la siguiente manera, “ciudadano
de América, su patriotismo no tenía fronteras ni
limitaciones nacionales que pudieran empequeñecerlo”
(14). Hostos mismo solía decir que “cosmopolita es
el patriota en toda patria”. Como deseaba Simón Bolívar,
Hostos buscaba la unificación de Latinoamérica,
esto es, el panamericanismo. Idea que seguirán predicando
prohombres de la talla del uruguayo José Enrique Rodó
y los mexicanos José Vasconcelos y Alfonso Reyes, entre
otros muchos. Sin lugar a dudas, el puertorriqueño buscaba
forjar un pensamiento común latinoamericano.
Al visitar cualquier país latinoamericano se identificaba
con los problemas locales y luchaba por resolverlos. Además,
sostenía que el porvenir de América estaba en la
fusión de razas y que el mestizo era la esperanza del progreso.
Atribuía el fracaso de España en América
al olvido del indígena, a la malversación de las
riquezas, a la injusta división de clases, al despotismo
y a la desproporción excesiva entre ricos y pobres.
Ahora bien, no obstante la obra continental hostosiana, su sueño
primordial consistía en la Confederación Antillana,
una vez éstas alcanzaran su libertad política. Es
por ello que el gran pensador dominicano Pedro Henríquez
Ureña señaló que Hostos:
…prefirió, a un porvenir seguro de triunfos y de
universal renombre, el oscuro pero redentor trabajo en pro de
la tierra americana, y se lanzó a laborar por la independencia
de Cuba, por la dignificación de Puerto Rico, por la educación
de Santo Domingo. (“La sociología de Hostos”,
149)
Indiscutiblemente, Hostos fue ante todo un antillano. Su idea
de la Confederación Antillana comprendía la creación
de estrechos lazos entre las antillas hispanas –Cuba, República
Dominicana y Puerto Rico- con el propósito de fortalecerlas
y luchar por el bien común y poder salir de su condición
colonial. Estas ideas eran compartidas con otros puertorriqueños
como Ramón Emeterio Betances y Segundo Ruiz Belvis.
El método que empleará Hostos para alcanzar su ideal
será la educación, puesto que él era esencialmente
un maestro y pensaba que solamente a través de la pedagogía
se podría redimir a los pueblos latinoamericanos. Lo que
realizará ya fuera desde las aulas, ya fuera con su pluma.
Hostos se expresaba sobre el particular de la siguiente manera:
Todos nuestros pueblos de origen latino en el continente americano,
arrastrados por la corriente tradicional que seguían las
viejas nacionalidades, se han imbuido en un sistema de pensamiento
que, como prestado, no sirve al cuerpo de nuestras sociedades
juveniles.
Han ellos menester un orden intelectual que corresponda a la fuerza
de su edad, a la elasticidad de su régimen jurídico,
a la extensión de horizontes que tienen por delante, a
la potencia del ideal que los dirige… (OC, XII, 164-165)
Camila Henríquez Ureña, estudiosa y discípula
de Hostos, señaló al respecto que:
Para condensar en breves palabras los resultados de la labor pedagógica
de Hostos, diremos que la medida de su importancia la da el alcance
social que tuvo. En el tiempo realmente breve que pasó
el educador en los países en que ejerció el magisterio
su obra dejó huellas indelebles, sembró simientes
fecundas. En Chile su recuerdo es venerado como el de un reformador
de la enseñanza. A la República Dominicana la puso
en el camino del progreso no sólo haciendo disminuir la
ignorancia, sino elevando las condiciones morales y sociales,
exponiendo al pueblo el significado de sus derechos y sus deberes.
(Las ideas pedagógicas, 172)
De allí ese peregrinar hostosiano al que me referí
antes y por eso lo vemos en Nueva York cuando ofrece sus servicios
a la Junta Patriótica Cubana, ya que pensaba que la liberación
de la hermana república cubana sería la salvación
de Puerto Rico. Fue, entonces, nombrado director de La Revolución,
periódico que servía de órgano a la Junta.
Empero, al comprender que en la Junta, en el momento que Hostos
llegó a ella, no había verdaderos revolucionarios
sino colonos disgustados con más odios que principios morales,
que más que la independencia de Cuba buscaban su anexión
a Estados Unidos, decide apartarse de ellos. Mas, cuando la Junta
Patriótica Cubana rechaza la anexión como posible
solución al problema político cubano, se integra
nuevamente a laborar con ellos.
El 4 de octubre de 1870, embarca, en Nueva York, con rumbo hacia
Lima, Perú. Antes llega a Cartagena, Colombia en donde
funda la Sociedad de Inmigración Antillana. En 1871, estando
en Lima, funda las sociedades de Auxilio a Cuba y la de Amantes
del Saber. Ésta última con el fin de cooperar en
el desarrollo de la instrucción primaria y secundaria de
su país huésped. También allí levantó
su voz contra la explotación que sufrían los numerosos
trabajadores chinos.
En diciembre de ese mismo año, se dirige a Chile y permanece
allí hasta el 1873. Primero trabaja en la redacción
del periódico La Patria de Valparaíso. Luego se
traslada a la capital, Santiago, en donde escribe sus obras: La
reseña histórica de Puerto Rico, la biografía
Plácido, sobre el gran poeta cubano, su importante ensayo
Hamlet, que fue traducido al inglés bajo el patrocinio
de la Universidad de Harvard, y da allí su aclamado discurso
sobre La enseñanza científica de la mujer, en el
cual propone una innovación al sistema educativo chileno
que hasta entonces no permitía el ingreso de mujeres a
las aulas universitarias, lo que valió que las primeras
chilenas egresadas de la Universidad le dedicaran sus tesis de
grado en agradecimiento a sus gestiones.
El 29 de septiembre de 1873 marcha a Buenos Aires, hasta donde
su prestigio se había extendido. Es recibido con gran entusiasmo.
Abundan las ofertas de empleo y trabaja en uno de sus diarios.
En diciembre de 1874, el rector de la Universidad de Buenos Aires,
don Vicente F. López, le ofrece la cátedra de filosofía
o la de literatura. Sin embargo, Hostos en respuesta le envía
una carta rechazando tan tentadora oferta porque “yo he
venido –le decía- a la América Latina con
el fin de trabajar con una idea. Todo lo que de ella me separe,
me separa del objeto de mi vida” (OC, II, 85). Durante ese
período de tiempo publica una serie de artículos
en la prensa en los que se exponía la importancia de unir
a Chile y a la Argentina por medio de un ferrocarril trans-andino.
Esto se hará una realidad. Por ese motivo la primera locomotora
transandina de la Argentina llevó su nombre.
Poco después, sale con rumbo a Brasil. Allí se entera
de que en Nueva York se preparaba una expedición cuyo objetivo
sería iniciar la revolución en Cuba. Decide, entonces,
regresar a la urbe neoyorquina. Llega allá en abril de
1874, después de permanecer varios días en Saint
Thomas. En Nueva York, se enfrenta nuevamente a las desavenencias
entre los patriotas cubanos, no obstante ponerse a la disposición
de ellos.
En esa metrópoli, Hostos sufre gran miseria al punto que,
según propia confesión, pasó muchos días
sin otro alimento que agua de tamarindo. Por fin consigue trabajo.
Da clases de francés a la vez que hace traducciones para
la editorial Appleton.
El 30 de abril de 1875 ya estaba lista la expedición armada
que se dirigiría a Cuba bajo el mando del general Francisco
Vicente Aguilera. Hostos va en ella lleno de ilusiones, puesto
que finalmente podrá luchar por la libertad. Mas, el “Charles
Miller” era un barco tan viejo e inservible que dos días
después se ven forzados a anclar en Newport, Rhode Island.
La decepción fue tan grande que Hostos decide regresar
a tierras latinoamericanas.
Entre 1875 a 1876 lo encontramos en Puerto Plata, República
Dominicana. Junto a algunos dominicanos solía reunirse
en la casa del general Gregorio Luperón y es allí
donde, por vez primera, comenta la necesidad de organizar una
Escuela Normal.
Regresa a Nueva York en 1876 para, poco después, dirigirse
hacia Venezuela. Era la época del régimen de Antonio
Guzmán Blanco. Trabaja, primero, como subdirector del Colegio
de la Paz, luego como rector del Colegio Nacional de Asunción,
y más tarde como profesor en el Instituto Comercial. En
Caracas, contrae matrimonio con la cubana Belinda Otilia de Ayala.
La madrina de la boda, oficiada por el arzobispo Ponte, fue la
patriota y poeta puertorriqueña Lola Rodríguez de
Tio.
En 1879, va a Santo Domingo y al año siguiente inaugura
la Escuela Normal, la cual dirigirá hasta el 1888. También
se desempeña como catedrático de derecho constitucional,
internacional y penal, de economía política y de
moral social en el Instituto Profesional de la Universidad de
la ciudad primada. En 1881, funda otra Escuela Normal en Santiago
de los Caballeros. Justamente en 1888, el presidente de Chile,
José Manuel Balmaceda, le solicita a Hostos su ayuda en
la reforma de la enseñanza de aquel país. El filósofo
puertorriqueño no puede negarse ante semejante reconocimiento
y embarca hacia Chile ha realizar la encomienda que se le pedía.
Además, realiza otras funciones: rector del Liceo de Chillán
(1889), rector del Liceo Miguel Luis Amunátegui de Santiago
(1890-1898) y profesor en la Universidad de Santiago.
Después de realizada su fecunda labor educativa en Chile
y previendo la guerra hispano-norteamericana, Hostos renuncia
al rectorado y regresa a Nueva York con el objetivo de velar por
los derechos de las Antillas y ofrecer sus servicios al Partido
Revolucionario Cubano, del cual era delegado en Chile. Llegó
a Nueva York el 16 de julio de 1898. Dos días después
la marina de guerra norteamericana sale de Santiago de Cuba con
el propósito de invadir a Puerto Rico. Ese suceso alarma
a Hostos, puesto que aunque hacía muchos años que
había salido de su patria sus esfuerzos siempre estuvieron
encaminados en pos de su liberación.
Ante la inminente invasión, una delegación puertorriqueña,
que creía en la buena voluntad del gobierno de Washington,
le pide a las autoridades norteamericanas que le permitiera acompañar
a lo que se creyó, erróneamente, que sería
un ejército libertador, como lo había sido en Cuba.
La petición fue denegada. El 25 de julio, mientras un grupo
de patriotas puertorriqueños integrados por Hostos, Manuel
Zeno Gandía, Julio J. Henna y Roberto H. Todd se dirigían
a la capital estadounidense para entrevistarse con el Secretario
de Estado y el presidente McKinley, el general Nelson R. Miles
ocupa militarmente a Puerto Rico.
A partir de entonces, las circunstancias políticas tomarán
un nuevo giro para Hostos. Como gran conocedor del derecho internacional
se ampara en él como único medio para conseguir
justicia. En un manifiesto que se publica en la época escribe
Hostos:
Ejerciendo nuestro derecho natural de hombres, que no podemos
ser tratados como cosas; ejerciendo nuestro derecho de ciudadanos
accidentales de la Unión Americana, que no pueden ser compelidos
contra su voluntad a ser o no ser lo que no quieren ser, iremos
al plebiscito.
En los Estados Unidos no hay autoridad, ni fuerza, ni poder, ni
voluntad que sea capaz de imponer a un pueblo la vergüenza
de una anexión llevada a cabo por la violencia de las armas,
sin que maquine contra la civilización más completa
que hay actualmente entre los hombres, la ignominia de emplear
la conquista para domeñar las almas. (OC, V, 8-9)
Haciendo hincapié en una frase del presidente Mckinley
de que “una anexión forzada es una agresión
criminal”, convocó a los miembros dispersos del disuelto
Partido Revolucionario Cubano, sección de Puerto Rico y
organizó en Nueva York la Liga de Patriotas Puertorriqueños.
Su objetivo era que trabajasen en conjunto para salvar a Puerto
Rico de la catástrofe que preveía.
Poco después regresa a su Isla de donde había estado
ausente por más de 35 años, pero a quien amaba y
conocía como pocos. Inició, entonces, una intensa
labor con el fin de despertar el espíritu de sus compatriotas
para que reclamaran en aquel momento histórico su independencia
nacional. Sin embargo, sus intentos fueron vanos. El gobierno
estadounidense había decidido retener el territorio que
había obtenido de España como botín de guerra
por virtud del Tratado de París. Además, el pueblo
borincano no respondió al pedido hostosiano, ya que creía
que a partir de entonces podría desfrutar de libertades
que no había tenido con los españoles.
Decepcionado y triste y alegando que no podría vivir en
un territorio prisionero, se marcha de su patria para nunca más
volver. Se establece en Santo Domingo en donde perece cuatro años
después, el 8 de noviembre de 1903. Pedro Henríquez
Ureña nos narra los últimos años de Hostos
en los siguientes términos, “Volvió a Santo
Domingo en 1900, a reanimar su obra. Lo conocí entonces:
tenía un aire hondamente triste, definitivamente triste.
Trabajaba sin descanso, según su costumbre. Sobrevinieron
trastornos políticos, tomó el país aspecto
caótico, y Hostos murió de enfermedad brevísima,
al parecer ligera. Murió de asfixia moral” (“Ciudadano
de América”, 265). En 1938, en homenaje póstumo
y reconociendo su obra monumental por América, la Octava
Conferencia Internacional Americana celebrada en Lima, Perú
lo consagró como “ciudadano eminente de América
y maestro de la juventud”.
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